GRACIAS
Madrugada del 13 de Marzo, 2007
Y aquí estoy, en la Patagonia (¿cuántas veces me lo tendré que repetir para volver a caer en la cuenta?… para terminar de creérmelo!) En mi casita, la que cada vez siento y transformo más en mi hogar. Tomando un matecito, sí un mate! Ya hasta tengo mi propio mate, bombilla, la yerba y mi termo, je je! Cuesta hacerse el paladar a estas hierbas pero una ya le va tomando (que no cogiendo) el gustillo. Además, te hace mantenerte despierta y disfrutar de la calma noche Sanantoniense, Rionegrina, Patagónica… (suspiro)
¿Cómo haceros llegar el barullo de pensamientos que se agolpan en mi mente, todos estos sentimientos nuevos, parecidos, circulares…?
Esta nueva experiencia de mi vida,…
Me vine pensando que sería fácil, más fácil que la prima vez que salí de “casa” para vivir fuera. Iba a estar a muuuchos más miles de kilómetros que en tierras danesas pero todo me iba a resultar mucho más familiar, más entendible, -pensaba. Y acá (que ya no es aquí) llevo 2 meses. Dos meses viviendo en la Patagonia (de nuevo me lo repito).
Nunca es lo que se pensaba, no exactamente igual.
Lo llevaba todo hecho –eso pensaba (sólo ahora me doy cuenta). Ya había sufrido una adaptación a otra cultura, otro país, otra gente, otro idioma,… y, además, aquella fue especialmente dura por aquellas desagradables primeras vivencias... Así que esta vez iba a “estar chupado” (re-contra-fácil), no solo tenía la experiencia, sino que iba a ser mucho más parecido a “casa”.
Las adaptaciones siempre son adaptaciones (proceso de acomodación de un organismo a las condiciones del medio en que se desarrolla). Lo pasé “mal”, sólo ahora lo reconozco, de hecho, ni me había dado cuenta hasta ahora, hasta ahora que me siento realmente bien. No sufrí, no tuve pena o amargura, no desolación ni tristeza. Pero tampoco se pasa bien.* Ahora entiendo que es sólo un proceso, ni bueno ni malo, sino que “simplemente” tienes que pasarlo.
Y pensaba que lo tenía todo hecho... Venir y listo. No, niña no. Es empezar de nuevo, cuando lo tenías todo, empezar de cero. Lo tenía todo… ¿qué es todo? Esos detalles, minimísimos detalles que no llegas a notar en el día a día, no en la que sientes “tu casa”, sea donde sea, esté donde esté. Es sentirte lo suficientemente cómoda para cocinarte unas lentejas y disfrutar saboreándolas. Este simple hecho lleva miles de detalles detrás que tienen que cumplirse. Al menos para mí, como estoy aprendiendo. No estoy hablando de que no puedas irte de viaje a la Conchinchina a pasar unos días de vacaciones y puedas disfrutar igual o más de esas lentejas. Estoy hablando de transportar toda tu vida, tu presente, a ese otro lugar.
No digo que fue difícil, ni mucho menos, (desde aquí incluso diría que ha sido realmente rápido y fácil). Pero tampoco me encaja la palabra fácil. Es el sentirte totalmente desubicada, de lugar, de tiempo, de clima (pasé de estar en pleno invierno a sufrir los 40 graditos del verano), de gente, de “idioma”, de maneras de actuar,… Como que, de repente, te agarran con una pincita (broche) desde donde estás y te colocan en otro sitio totalmente diferente. Y ahí, empiezas a construirte todo de nuevo. Rodearte de todo lo que necesitas para vivir (piensen bien en esta frase… bastante irónica). A crear de nuevo tu hormiguero, sacando granito a granito y depositándolo donde debe, y sólo donde debe estar. Y todo para sentirme bien, para sentirme en casa. ¿Por qué necesitaremos controlarlo todo, ponerlo a nuestra manera, para sentirnos bien? ¿Hacernos nuestro huequito, nuestro nidito particular, nuestro refugio para poder ver desde ahí lo que pasa afuera? No sentirnos simplemente parte de ese afuera sin más, sin más opción.
Bueno, dejemos la filosofía que hasta en eso parece que me estoy argentinizando…, je, je!
Sólo quiero transmitiros lo que siento, que fue raro, algo duro, al principio. Fue una sucesión de hechos que, desde aquí, pasaron como quien ve una secuencia rápida de imágenes cinematográficas. Día y medio de viaje (Murcia-Patagonia). Bombardeos de imágenes soñadas, ideadas en mi mente meses atrás. Encuentros. Empezar a vivir esta nueva vida desde la desubicación. Más viaje. Más imágenes fantaseadas que se hacen realidad. Más encuentros. Inicio del trabajo desde hormiguero prestado, temporal, desaliñado. Desconocimiento del reguero a seguir cada día y de las compañeras que iba a tener adelante y detrás de mí, ¿cómo se mueven aquí las antenitas para entenderte con las demás??...
*(((De todo esto sólo ahora me doy cuenta. En el momento todo va bien, puedo comer y respirar, ¿qué más quiero? Estoy bien. Realmente ni lo pienso. Mi inconsciente sabe (o al menos eso debe querer pensar) que sólo estoy en algo transitorio. No le da más vueltas. Sólo mantiene la fe de que por algún sitio irá saliendo la solución a cada cosa. Y detrás de él voy yo, sin más)))
¡Dos meses ya! Y parece que fue hace 15 días que llegué. Quince días, eso fue, más o menos, lo que tardé en aprender básicamente cómo mover las antenitas para entender y hacerse entender, en encontrar y acomodarme en mi propio hormiguero. Pero lo mejor de todo fue empezar a sentirme como en casa, entre amigos,... y esto no es tan simple como la frase parece querer mostrar.
Está claro que aún queda mucho por aprender, por adaptarme, pero parece que lo gordo pasó. Desde aquí, desde esta pequeña montañita que ya he conseguido hacer en la puerta de mi hormiguero, es más fácil verlo todo.
A sentirme en casa, a eso me han ayudado incondicionalmente “los chicos” (grandes y más chicos), ellos son los que verdaderamente me ha hecho sentir en casa. Esta maravillosa gente que he conocido me agarró de la mano desde el primer día que eché a andar por estas tierras. Mayormente compañeros y compañeras de laburo (del curro). Me incorporaron instantáneamente al grupo. A los pocos días ya no era Elena, era Ele, o Elen, o incluso Helen. Me conmovió tanto esa confianza. Me hace sentir tan bien esta complicidad. Quince días y ya parecía que los conocía de toda la vida. Me encanta esta naturalidad.
Se me queda corta la palabra Gracias. No quiero dar nombres por miedo a olvidarme alguno. Pero desde las primeras caras conocidas que vi y abracé cuando bajé de mi tercer avión, hasta los que me han ayudado a sacar la red de plancton del agua, especialmente a toda la gente del Instituto, GRACIAS.
Y aquí estoy, en la Patagonia (¿cuántas veces me lo tendré que repetir para volver a caer en la cuenta?… para terminar de creérmelo!) En mi casita, la que cada vez siento y transformo más en mi hogar. Tomando un matecito, sí un mate! Ya hasta tengo mi propio mate, bombilla, la yerba y mi termo, je je! Cuesta hacerse el paladar a estas hierbas pero una ya le va tomando (que no cogiendo) el gustillo. Además, te hace mantenerte despierta y disfrutar de la calma noche Sanantoniense, Rionegrina, Patagónica… (suspiro)
¿Cómo haceros llegar el barullo de pensamientos que se agolpan en mi mente, todos estos sentimientos nuevos, parecidos, circulares…?
Esta nueva experiencia de mi vida,…
Me vine pensando que sería fácil, más fácil que la prima vez que salí de “casa” para vivir fuera. Iba a estar a muuuchos más miles de kilómetros que en tierras danesas pero todo me iba a resultar mucho más familiar, más entendible, -pensaba. Y acá (que ya no es aquí) llevo 2 meses. Dos meses viviendo en la Patagonia (de nuevo me lo repito).
Nunca es lo que se pensaba, no exactamente igual.
Lo llevaba todo hecho –eso pensaba (sólo ahora me doy cuenta). Ya había sufrido una adaptación a otra cultura, otro país, otra gente, otro idioma,… y, además, aquella fue especialmente dura por aquellas desagradables primeras vivencias... Así que esta vez iba a “estar chupado” (re-contra-fácil), no solo tenía la experiencia, sino que iba a ser mucho más parecido a “casa”.
Las adaptaciones siempre son adaptaciones (proceso de acomodación de un organismo a las condiciones del medio en que se desarrolla). Lo pasé “mal”, sólo ahora lo reconozco, de hecho, ni me había dado cuenta hasta ahora, hasta ahora que me siento realmente bien. No sufrí, no tuve pena o amargura, no desolación ni tristeza. Pero tampoco se pasa bien.* Ahora entiendo que es sólo un proceso, ni bueno ni malo, sino que “simplemente” tienes que pasarlo.
Y pensaba que lo tenía todo hecho... Venir y listo. No, niña no. Es empezar de nuevo, cuando lo tenías todo, empezar de cero. Lo tenía todo… ¿qué es todo? Esos detalles, minimísimos detalles que no llegas a notar en el día a día, no en la que sientes “tu casa”, sea donde sea, esté donde esté. Es sentirte lo suficientemente cómoda para cocinarte unas lentejas y disfrutar saboreándolas. Este simple hecho lleva miles de detalles detrás que tienen que cumplirse. Al menos para mí, como estoy aprendiendo. No estoy hablando de que no puedas irte de viaje a la Conchinchina a pasar unos días de vacaciones y puedas disfrutar igual o más de esas lentejas. Estoy hablando de transportar toda tu vida, tu presente, a ese otro lugar.
No digo que fue difícil, ni mucho menos, (desde aquí incluso diría que ha sido realmente rápido y fácil). Pero tampoco me encaja la palabra fácil. Es el sentirte totalmente desubicada, de lugar, de tiempo, de clima (pasé de estar en pleno invierno a sufrir los 40 graditos del verano), de gente, de “idioma”, de maneras de actuar,… Como que, de repente, te agarran con una pincita (broche) desde donde estás y te colocan en otro sitio totalmente diferente. Y ahí, empiezas a construirte todo de nuevo. Rodearte de todo lo que necesitas para vivir (piensen bien en esta frase… bastante irónica). A crear de nuevo tu hormiguero, sacando granito a granito y depositándolo donde debe, y sólo donde debe estar. Y todo para sentirme bien, para sentirme en casa. ¿Por qué necesitaremos controlarlo todo, ponerlo a nuestra manera, para sentirnos bien? ¿Hacernos nuestro huequito, nuestro nidito particular, nuestro refugio para poder ver desde ahí lo que pasa afuera? No sentirnos simplemente parte de ese afuera sin más, sin más opción.
Bueno, dejemos la filosofía que hasta en eso parece que me estoy argentinizando…, je, je!
Sólo quiero transmitiros lo que siento, que fue raro, algo duro, al principio. Fue una sucesión de hechos que, desde aquí, pasaron como quien ve una secuencia rápida de imágenes cinematográficas. Día y medio de viaje (Murcia-Patagonia). Bombardeos de imágenes soñadas, ideadas en mi mente meses atrás. Encuentros. Empezar a vivir esta nueva vida desde la desubicación. Más viaje. Más imágenes fantaseadas que se hacen realidad. Más encuentros. Inicio del trabajo desde hormiguero prestado, temporal, desaliñado. Desconocimiento del reguero a seguir cada día y de las compañeras que iba a tener adelante y detrás de mí, ¿cómo se mueven aquí las antenitas para entenderte con las demás??...
*(((De todo esto sólo ahora me doy cuenta. En el momento todo va bien, puedo comer y respirar, ¿qué más quiero? Estoy bien. Realmente ni lo pienso. Mi inconsciente sabe (o al menos eso debe querer pensar) que sólo estoy en algo transitorio. No le da más vueltas. Sólo mantiene la fe de que por algún sitio irá saliendo la solución a cada cosa. Y detrás de él voy yo, sin más)))
¡Dos meses ya! Y parece que fue hace 15 días que llegué. Quince días, eso fue, más o menos, lo que tardé en aprender básicamente cómo mover las antenitas para entender y hacerse entender, en encontrar y acomodarme en mi propio hormiguero. Pero lo mejor de todo fue empezar a sentirme como en casa, entre amigos,... y esto no es tan simple como la frase parece querer mostrar.
Está claro que aún queda mucho por aprender, por adaptarme, pero parece que lo gordo pasó. Desde aquí, desde esta pequeña montañita que ya he conseguido hacer en la puerta de mi hormiguero, es más fácil verlo todo.
A sentirme en casa, a eso me han ayudado incondicionalmente “los chicos” (grandes y más chicos), ellos son los que verdaderamente me ha hecho sentir en casa. Esta maravillosa gente que he conocido me agarró de la mano desde el primer día que eché a andar por estas tierras. Mayormente compañeros y compañeras de laburo (del curro). Me incorporaron instantáneamente al grupo. A los pocos días ya no era Elena, era Ele, o Elen, o incluso Helen. Me conmovió tanto esa confianza. Me hace sentir tan bien esta complicidad. Quince días y ya parecía que los conocía de toda la vida. Me encanta esta naturalidad.
Se me queda corta la palabra Gracias. No quiero dar nombres por miedo a olvidarme alguno. Pero desde las primeras caras conocidas que vi y abracé cuando bajé de mi tercer avión, hasta los que me han ayudado a sacar la red de plancton del agua, especialmente a toda la gente del Instituto, GRACIAS.